Meritxell Duran
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c/ Bolívar, 43
Barcelona 08023
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Meritxell Duran (Barcelona, 1964) dice que ilustra y esculpe porque es lo que sabe hacer. La escultura y el dibujo son su herramienta de comunicación. El trabajo bidimensional le permite acotar un discurso, atraparlo, acabarlo, mientras que enfrentarse a la obra física es para ella un proceso más introspectivo, donde la pieza deviene, sucede sin un propósito premeditado, con un resultado más etéreo e impreciso. Si tiene que escoger, Duran se decanta por la escultura. El dibujo, lo hace; la escultura se le hace. En este sentido, su discurso se aleja de los grandes argumentarios con los que revisten su obra muchos autores contemporáneos, quienes, según ella, ‘le echan pretensiones, pero no ponen el alma’.
Cada trabajo de Duran rezuma su estado emocional: ‘De la manera como vivo es de la manera como trabajo’. Es significativo que entre la obra triste y atormentada de los años noventa y principios de dos mil, y la actual, más irónica y sutil, haya un paréntesis ‘terapéutico’ de cinco años durante los que se aparta de toda actividad artística para poder coger aire y renovar perspectivas. Porque, para Meritxell Duran, evolucionar es esencial. En el campo del arte, se trata de no instalarse en lo que funciona para explotarlo hasta la extenuación. Su evolución particular se refleja en el resultado de su trabajo, pero también en la motivación con la que aborda el acto creativo: si en el pasado era principalmente un medio de refugio y de evasión, actualmente le supone un disfrute absoluto.
El receso voluntario de la artista durante un lustro incluye un año en China, que influye definitivamente en su trayectoria profesional y personal. Se va sola y a gusto, porque sabe y quiere vivir la soledad, la busca, y es en este país donde encuentra el aislamiento y la no-comunicación que necesita para volver a un equilibrio vital necesario. La artista opina que el ser humano de hoy, a pesar de estar solo, no sabe estarlo. Y es en la soledad donde debe aprender a reconocerse, a entender su potencial, que es inmenso, y saber tomar riesgos. Y a Duran le interesan los riesgos. Porque sin un mínimo riesgo, no hay evolución.
Justamente su retorno artístico se materializa en una colección de esculturas que surgen de quién sabe qué universo para acompañar al hombre contemporáneo en su soledad. Con Criatures de companyia (Iguapop, 2008), le ofrece presencias ‘adoptables’ de apariencia híbrida entre juguete, mascota y escultura, en series limitadas de sólo 7 unidades. Estas criaturas, ejecutadas impecablemente, asépticas, puras, esconden un misterio: con la proximidad, la ternura y la inocencia que emanan de lejos, se diluyen en una inquietud que, subrayada con lemas como ‘No sé qué hago aquí’ o ‘No me abandones, yo nunca lo haría’, no deja indiferente a nadie. Las figuras pintadas sin rostro que se intercalan contribuyen al desasosiego del espectador.
Duran confiesa que la energía para llevar a cabo trabajos nuevos como éste sólo la encuentra lejos de su ciudad y de su ambiente de trabajo habitual. Lo nuevo le nace desde fuera, sea China, sea Nueva York, donde viaja a menudo, y es en Barcelona donde lo trabaja físicamente. Reconoce que la actual Barcelona-producto le dificulta el desarrollo creativo, que energéticamente ya no le es viable. ‘La tienda más grande del mundo’ ya le queda demasiado lejos.